Retratos de Kerala, India
Me gusta mirar a la gente, y que la gente me mire a mí. Me gustan las sonrisas, la complicidad y las carcajadas hasta que te duela la panza. Me gusta que la gente haga contacto físico mientras se habla, mientras se ríe, que se den un abrazo sin importar dónde o con quien estén.
Antes de empezar mi viaje por Kerala en India ya estaba ansiosa por volver a ver rostros que expresan y miradas que penetran. Porque eso no lo encuentras en cualquier sitio y te lo dice una chica que pasó el último año en Londres donde la gente evita el contacto visual y si te rozan sin querer te piden mil disculpas como si una gran catástrofe hubiese ocurrido.
Fui en busca de esos rostros tan característicos, de esas diversas tonalidades de piel, de esas arrugas en la cara que tienen tantas historias vividas y problemas superados, de esas sonrisas vírgenes y sinceras que aguardan un mundo enorme hacia delante.



liliana • 13 junio, 2017
Hola. Pienso viajar en Septiembre. Quería preguntarte por el presupuesto, cuanto tiempo te quedaste y cuanto dinero gastaste. Tambien sobre la seguridad para una mujer sola. Gracias.
Viajar Para Vivir • 1 agosto, 2017
Hola! La primera vez que fui por 6 semanas, e India es muy barato, por lo que más de 800 us$ no vas a gastar entre transporte, comida y alojamiento. (Obvio todo depende del ritmo y plan en el que vayas, ya que la segunda vez que fui, me invitó el Gobierno de India, y me alojó en hoteles 5 estrellas, por lo que el plan es totalmente diferente). Y no pasa nada por ser mujer, solo tienes que ir con sentido común y respetando la cultura local, vistiendote con pantalones largo y camiseta manga corta, etc. Este post tal vez te inspire un poquito más a animarte: https://viajarparavivir.com/india-ese-flaco-del-que-enamore/ saludos!!
Percy Carpio • 11 febrero, 2025
Dinastia
Los tres príncipes Gupta y sus acompañantes montaban sus elegantes elefantes blancos. Los animales se deslizaban por una espaciosa avenida saturada de muros de piedra labrada que ostentaban los signos del reino. Los hermanos pasaban por debajo de altos balcones y sobre los pétalos de exótica fragancia que eran arrojados por los ciudadanos. Ante ellos, iban elevándose los imponentes muros y las grandes cúpulas que derramaban sus sombras sobre el camino que conducía hacia el palacio del emperador Otali. Finalmente, cruzaron por debajo de un gran arco de color blanco realzado con un reborde de borlas de mármol, que llevaba hacia los espléndidos jardines de recreo del monarca.
Nirek el primer hijo de Otali, iba orgulloso por delante; Ojayit, el segundo hijo, lo seguía de cerca, atento a empuñar su filosa arma contra cualquier enemigo, y, asimismo, Nayakan, su hermano menor y otro virtuoso con las armas, iba detrás de ellos. Los seguían por detrás filas de guardias armados con lanzas. Al final, avanzaba un largo séquito de sacerdotes, esos viejos que se dedicaban al estudio de las leyes divinas, y que la pasaban encorvados sobre antiguos pergaminos. Todos recibían saludos alegres del pueblo.
El nacimiento del príncipe Nirek ocurrió en una tranquila noche, mientras la plateada Luna daba su sereno rostro y se desplazaba a través de las estrellas. Otali estaba impaciente, pero sabía que la paciencia es como un árbol de raíz insípida que produce dulces frutos.
―¿Cómo esta ella? ―preguntaba Otali con el corazón exaltado.
―Mi Señor, su esposa Kuntana acaba de parir con salud un hermoso niño, tan luminoso como la Luna ―le contestó el médico principal.
Unos días después, ocurrió la ceremonia para darle un nombre al bebé; se le bendijo y los sacerdotes le desearon una larga vida llena de riqueza y sabiduría. Después, el niño fue colocado sobre el regazo de su padre y recibió su bendición. El sacerdote principal ofreció su plegaria a los dioses y a los espíritus de los antepasados del clan, para poder obtener sus bendiciones. Los clarividentes predijeron que algún día, este ser realizaría memorables acciones, y sería él uno de los prodigios de su creador. Nirek sería grande en pensamientos y en hechos; el hijo de Otali tendría una razón elevada, sus acciones serían rectas y firmes, y sería por derecho, el emperador de Panyab.
Ojayit era el segundo hijo de Otali, y era dos años menor que Nirek. Desde pequeño se notaron en él cualidades atléticas.
―Óyeme querida esposa ―decía Otali―. Pronto el pequeño despreciará la suavidad de tus manos ¡Porque montará el lomo firme de los elefantes de guerra!
Al reconocer las habilidades de Ojayit, su padre le obsequió una espada de esplendor sin igual. Era un regalo de los dioses, y al recibirlo, Ojayit quiso convertirse en un gran maestro. La espada, estaba adornada con el rostro de un dios de oro en el centro del pomo, que descansaba sobre un fondo de esmalte negro. Además, tenía los símbolos del imperio tallados en el mango. Ojayit manipuló el arma, y sintió asombro cuando la hoja cortó el aire.
Nayakan, el tercer hijo de Otali, compartía con Ojayit una virtuosidad innata en el combate. El amable príncipe de ojos oscuros, tenía un gran afecto por sus familiares, y los visitaba con frecuencia.
Paramjit, padre de Otali, se destacaba por su rectitud, honorabilidad y habilidad para resolver problemas. Un día, consideró que era necesario que oficiales de prestigio, y guerreros expertos, impartieran la instrucción necesaria a sus nietos. Así, se embarcó en la búsqueda de los mejores instructores del reino para llevar a cabo esta tarea.
Birendra era un general valiente y poderoso. Al saber las intenciones del antiguo emperador, se ofreció para enseñar los secretos de la espada a los príncipes Gupta, y el experimentado hombre se encargó muy bien del asunto. Sus palabras cortaban el velo de la ignorancia, y revelaban la verdad que yacía en el corazón de la batalla. El viejo guerrero dejó plasmadas en lienzos las enseñanzas de las artes bélicas, y la pluma danzó al ritmo de sus hazañas.
Bajo la tutela de maestros de renombre, los jóvenes caminaron por el sendero de la guerra, ávidos de conocimiento, y sedientos de gloria. Aprendieron que la esencia del guerrero residía en elevarse por encima de las pasiones efímeras y los deseos mundanos; que la batalla justa abrazaba todas las escuelas, acogía todas las mejoras y exploraba los más nobles métodos, pero desechaba el ansia inerte de la conquista desmedida.
Ojayit practicaba con la espada, y sus compañeros observaban la soltura de sus movimientos, la gracia de sus ritmos y la variedad de sus ataques. El príncipe practicó con esfuerzo hasta llegar a la excelencia, y al igual que sus hermanos, realizó el rígido entrenamiento cada día de la escuela militar.
Los hermanos siguieron las enseñanzas con obediencia, y con el paso de los años, perfeccionaron sus conocimientos, y aprendieron conceptos filosóficos de la vida. Obtuvieron mayor fuerza física, manejaron el temor, mejoraron la concentración mental y, por supuesto, consiguieron el completo dominio de la espada. Los generales consideraban cualquier circunstancia que pudiera presentarse en una guerra. Los hombres adiestrados podían escalar altos muros y trasladarse por las fortalezas enemigas sin ser descubiertos. Además, aprendían con dedicación las distintas técnicas de pelea del Kalaripayatt.